

En el verano de 2024 Mer, Sole y yo tuvimos una conversación muy reveladora sobre la creatividad, nuestras obras y la esfera editorial. Poco después, me surgió el nombre de La Voz Interior, en sueños. Y a las pocas semanas apareció el manifiesto como un vendaval de escritura. Lo escribí del tirón, casi sin respirar, como si su contenido no viniera solo de mí, sino de un inconsciente compartido. Cuando las cosas surgen así, sabes que no son fantasías: te están pidiendo que las lleves al mundo.
Y eso hice: lo compartí con mis compañeras.
El contenido, por tanto, no era nuevo. Venía de una incomodidad macerada durante años: la sensación de que, dentro del sistema cultural en el que nos movíamos, algo esencial se estaba perdiendo. No era una incomodidad contra nadie en particular, sino con una forma de hacer cada vez más rápida, más fría y más mercantil.
Trabajo con la palabra —la mía y la de otras personas— desde hace mucho tiempo, y sé lo que es ver nacer una obra con vida propia… y que después pase por una maquinaria que la encoge, la ajusta y, a veces, la vacía de sentido. También sé lo que es descubrir que en el mercado pesa más cuántos seguidores tienes o si tu tema está de moda, que la calidad de lo que has creado.
El Manifiesto nació de ahí: de la necesidad de decir en voz alta lo que muchas creadoras sentimos, pero a menudo callamos, porque creemos que estamos solas o pensamos que no hay alternativa.
Cuando la rentabilidad se convierte en el criterio central, la creación deja de ser un acto vivo para convertirse en un producto, y la creadora en una pieza más de una cadena. De este modo, la escucha se debilita, los vínculos se enfrían y aparece un desgaste silencioso que apaga la ilusión.
Lo he experimentado en primera persona, enviando manuscritos a editoriales, e incluso siendo publicada. Y no solo es mi experiencia: conozco obras magníficas y creadoras valiosas que se quedan fuera del sistema.
Lo mismo ocurre con los criterios de selección: no decide la obra ni la urgencia de su mensaje, sino factores externos —ventas, fama, redes, tendencias—. La paradoja es que la obra, que debería ser el centro, queda en la cola del proceso.
También lo vemos en el reparto del dinero: quien crea suele recibir alrededor del 10% en concepto de derechos de autor, mientras el resto se reparte entre intermediarios. No es que una quiera hacerse rica escribiendo; es que la desproporción desanima y revela cuánto se devalúa la creación. Sin la obra no habría pastel… y, sin embargo, la pastelera pasa hambre.
Y luego está la cadena de montaje cultural: la obra, al principio libre, va pasando por departamentos, plazos y formatos hasta llegar a la receptora como un pajarito enjaulado. Entre filtros, algoritmos y estrategias, es como intentar abrazar a alguien a través de un cristal.
A esto se suma la saturación: miles de novedades cada temporada, obras que apenas respiran antes de desaparecer. Algunas ni siquiera llegan a nacer, porque el panorama desanima a sus potenciales autoras de antemano.
Por eso elegimos frenar.
Muchas obras hablan de libertad, cuidado o consciencia, pero el camino para hacerlas llegar al público está lleno de presión, competencia y exposición forzada. Hablas de calma y te meten prisa; hablas de comunidad y te obligan a competir.
Cuando el proceso contradice el mensaje, la transmisión se rompe.
Creemos que el cómo es inseparable del qué. La forma de crear, producir y compartir también es parte del mensaje.
Durante años nos han hecho creer que «esto es lo que hay». Pero el malestar es generalizado: creadoras agotadas, editoras o productoras frustradas, agentes cansadas. No es un problema individual; es un problema del sistema.
La Voz Interior nace de una convicción sencilla y poderosa: no es inevitable seguir haciendo lo que no nos representa. No tenemos todas las respuestas, pero sí preguntas, coraje y ganas de experimentar otras formas de hacer las cosas.
Nuestro Manifiesto no es solo un diagnóstico: es una práctica.
Elevar la conciencia del proceso significa cuidar cómo decidimos, cómo trabajamos y con quién colaboramos. Y cuando llegan las prisas o los números nos desestabilizan, detenernos, mirarnos a los ojos y volver a nuestro ritmo, más de tortuga que de liebre, más de colibrí que de avión supersónico.
Nuestra propuesta tiene que ver con volver al origen de lo creativo: recordar que la obra nace del misterio y se completa en el encuentro con quien la recibe; que necesita tiempo, cuidado y vínculos seguros para florecer; que no tenemos el control… y que justamente por eso creamos.
No sabemos a dónde nos llevará este camino. Pero confiamos en que, si cuidamos el proceso, él mismo nos irá mostrando el siguiente paso.
El Manifiesto de La Voz Interior no es solo un texto: es un compromiso con otra manera de crear y estar juntas.
Si algo de lo que has leído resuena contigo, te invito a leer el Manifiesto completo y, sobre todo, a acompañarnos en este experimento vivo que estamos iniciando.
Porque creemos que otra forma de crear es posible. Y empieza por escuchar tu voz interior y compartirla.
Un comentario
Maravilloso el manifiesto de la Voz Interior.
Sí, hay otra forma de crear en la que se tenga en cuenta la creatividad de la autora, su imaginación, su sensibilidad y sus personajes que nos llegan al alma.
Muchas gracias Isa.
Besos.